¿Para qué buscamos pareja?

Propongo una rápida recorrida histórica a algunos de los distintos paradigmas que organizaron las relaciones humanas, con el sólo objetivo de que tomemos consciencia de que cuando pensamos que “así es la vida” podamos recordar que “la vida” ha ida cambiando a través del tiempo y de las geografías y que esta es una de esas épocas de grandes cambios, por no decir cataclismos. Tal vez podríamos especular que la revolución tecnológica en general y en los sistemas de comunicación en particular nos dejan frente a un mundo absolutamente desconocido que nos exige una nueva, creativa, flexible y humanitaria manera de volver a aprender cómo relacionarnos entre los seres humanos y con la naturaleza misma.

La decadencia del modelo de la relación de pareja del patriarcado: Definición de pareja amoroso-erótica como manejo de la incertidumbre.

La cantidad creciente de divorcios, de parejas separadas, de madres o padres solteros, de personas que después de la ruptura de un vínculo de pareja amoroso-erótica deciden seguir en estado de soltería, de parejas que viven bajo el mismo techo sin comunicarse o en un estado de permanente conflicto, o en el mejor de los casos relaciones que se transformaron de pareja amorosa-erótica a socios de convivencia o de crianza de hijos o de conveniencia económica-financiera, de buenos amigos, etc. nos hacen pensar que los modelos de relaciones de pareja amoroso-eróticas que fueron funcionales hace ya más de medio siglo, han dejado de serlo.

Si pensamos en un paradigma como un conjunto de ideas que explican “la manera de vivir y la vida misma” en el momento que nos rodea, podríamos decir que nosotros constituimos y reproducimos, sin serlo, ese paradigma.

Nuestra conducta es el resultado de la orden que emite nuestro cerebro cuando se halla expuesto a cualquier tipo de estímulo, es decir, ese “algo” que sucede allí “afuera” (la “realidad”) y que es captado por nuestros sentidos, o “adentro” (un pensamiento o imagen que ideamos). Esa conducta responde a la interpretación que construimos a partir de nuestro “software” (procesador de información) o historia de vida y que constituye un “filtro” formado a partir de las experiencias interpersonales y contextuales que vamos viviendo y es a través del cual se condiciona y se determina nuestro sentir y nuestro actuar. Por lo tanto, nuestra historia de vida está inmersa en el paradigma de la época y la cultura en donde nos tocó nacer y vivir, y eso a lo que le llamamos “nuestra manera de pensar” en realidad está construida por todas las reglas, creencias, usos y costumbres del contexto donde actuamos, y que le hemos “comprado” quien sabe a quién, y además sin tener idea de para qué le servían a ese “alguien”.

Hoy en día, gracias al uso del internet y de la expansión del comercio y la atomización del capital de Inversión, nuestro contexto se puede encontrar bastante “globalizado”, es decir, las culturas (ética-estética-lógica) de oriente y occidente, norte y sur, se mezclan, se sincretizan, se expanden, generando unas mezclas con extraños equilibrios muy dinámicos, de pronto nos levantamos por la mañana y “meditamos” al estilo Zen después de una sesión de media hora de Yoga, desayunamos comunicándonos por Skype con un amigo que está en París, comemos con nuestros socios en un restaurante Chino, y cenamos con nuestra pareja comida Italiana mirando una película producida en la India con unos piyamas de seda de Japón producido en Indonesia. ¡¡¡Y esto nos parece “natural”!!!, jamás se había visto algo así y sin embargo nos seguimos preguntando porqué el modelo de relación de pareja amorosa-erótica de Romeo y Julieta nos funciona mal o raro.

F. Cappa (19–) hace una magnífica exposición de cómo han cambiado los paradigmas de explicación de la vida a lo largo de seis siglos.

ANTES DEL 1500, predominaba una visión orgánica e integradora del mundo. La ciencia se basaba en la razón y en la fe, y las personas vivían en la naturaleza en relaciones de interdependencias entre lo material, lo espiritual y lo comunitario. Todos los fenómenos que carecían de una explicación razonable, se creía que respondían a designios de Dios o del Demonio. En aras de eliminar la posesión por el Demonio de aquellas conductas que no obedecían al paradigma dominante, se tomaban decisiones que las juzgaríamos hoy como atroces, aunque dentro de ese contexto eran razonables.

EN LOS SIGLOS XVI Y XVII, esta visión del mundo cambia por la de concebir al mundo como una máquina, la ciencia se ocupa del estudio de las propiedades esenciales de los cuerpos materiales que pudiesen ser contadas o medidas. El método de estudio se basa en la separación en partes del pensamiento y del problema y en su reordenamiento lógico, y así se separa la mente del cuerpo, y además de menospreciar las actividades manuales sobre las intelectuales, se crean las especialidades del estudio del cuerpo por un lado y de la mente por el otro. Se separaron los valores de los hechos. La división del trabajo deja a la mujer en un lugar jerárquico menor respecto del hombre. Se genera este orden de jerarquías donde Dios es la punta de la pirámide y va quedando cada vez más lejos en la medida que la ciencia podía explicar cada vez más fenómenos naturales o físicos, generando un vacío espiritual que hoy es ya una característica de nuestra época. Con estos cambios dentro del paradigma predominante, como forma evolutiva, dinámica y continua, muchas personas se sentían aliviadas por eliminar parte de los miedos que producían las persecuciones religiosas.

EN EL SIGLO XIX, la teoría sobre el origen de las especies, la conservación de la energía y las leyes sobre la termodinámica dejan en un lugar secundario las teorías de la mecánica newtoniana como la teoría fundamental de la explicación de los fenómenos naturales. No obstante el papel de Dios y del desarrollo espiritual siguió disminuyendo en las conductas que la gente creía importantes. Estos vacíos se cubrían con el ascenso o la aspiración al ascenso económico, la abundancia material e intelectual en las clases dominantes, que finalmente son las que van cambiando algunas de las ideas que conforman el paradigma.

EN EL SIGLO XX, la teoría de la relatividad y de la física cuántica destruye todos los principios que conformaban las bases de los paradigmas anteriores. La noción de tiempo y espacio absoluto, las partículas sólidas, la idea de causalidad física y de naturaleza objetiva eran inaplicables a los nuevos estudios de la física. Esto redunda en un cambio profundo tanto en el campo intelectual, como en el emocional y en el existencial. Toda la estructura que le daba al hombre una sensación de seguridad intelectual-material queda en entredicho y aparece como evidente lo que se dio en llamar “el vacío de valores”. En realidad podríamos decir que tal vacío es inexistente, sólo que se cambiaron valores integrativos por otros asertivos. Los valores asertivos (los vinculados a lograr objetivos a través del positivismo) le permitieron a muchos seres humanos descubrir nuevas potencialidades totalmente desconocidas para grandes minorías, y a su vez el sentirse separados de todo y “solos”. Como momento histórico se prefirió esto porque era adecuado al nivel de producción y distribución de la riqueza económica, aunque los valores integrativos le daban la seguridad de la unidad con el todo y con Dios. Cuando el cambio de paradigma pasa de la ciencia al contexto social, el miedo a perder el poder de la dominación sobre los demás, en las personas que se encontraban en las jerarquías más altas de la pirámide social profundiza la crisis existencial.

Mirando en retrospectiva se pueden tener varias ideas muy sugerentes para la etapa de la evolución que estamos viviendo:

• Evolucionamos a partir de la necesidad de explicar los misterios de la vida y de resolver los sufrimientos que causa la ignorancia.

• Todo paradigma contiene la semilla de su propia destrucción. Lejos de ser esquemas rígidos, permanecen en constante movimiento interactivo de retroalimentación.

• La dificultad para el cambio de los paradigmas se basa, entre otras cosas, en que el sistema de creencias es inadecuado para percibir la realidad que se evidencia.

• El miedo a perder lo que se tiene, a pesar de que ya sea poco funcional para la vida, genera barreras poderosas para permitir el cambio.

• La separación de las partes y de los individuos, sólo es un recurso metodológico de análisis, pero en realidad es inexistente, somos una red de correlaciones múltiples indivisibles.

• Es el Todo lo que determina el comportamiento de las Partes. Es el paradigma que portamos en nuestros cerebros lo que determina la conducta.

• La naturaleza es esencialmente dinámica en términos de movimiento, interacción y transformación. La verdad absoluta es inexistente.

• La demostración de la estructura de cuatro dimensiones – espacio-tiempo – nos enfrenta a las limitaciones que tenemos que superar en términos del lenguaje como de las representaciones tridimensionales.

• El mundo depende de la manera en que lo observamos y que lo narramos.

• Los nuevos paradigmas los generan las personas que se encuentran en el margen, que se atreven a pensar con reglas diferentes.

• La conciencia humana está en el centro de cualquier estudio.

Pienso que estamos siendo propulsados por un proceso de muerte cultural, que es al mismo tiempo el proceso de incubación de un nuevo paradigma, “la revolución silenciosa de la contracultura”. Esta muerte y resurrección cultural la causa la explosión de todos los vacíos que se generan en los sectores de la sociedad que no cambian sus paradigmas al ritmo del dinamismo predominante y el “anhelo existencial”, la “búsqueda” por antonomasia. Es interesante descubrir que una parte importante de nuestra cultura actual sigue razonando en términos del paradigma del siglo XVI y XVII, por ejemplo, (la lista está en el desorden de una reflexión abierta):

• El amor todavía se concibe en términos de vínculo entre entes separados,

• La fantasía de la “seguridad” todavía se obtiene del sentimiento de posesión de objetos y personas,

• El ejercicio del poder se realiza en términos de jerarquías separadas,

• La ilusión del “control” se ejecuta como forma de dominio sobre otros o sobre esa “parte” de uno mismo,

• La fidelidad en pareja se vive como una conducta física separada de la mente,

• Se percibe lo femenino separado de lo masculino dentro de uno mismo y como problema de género,

• Se construye la abundancia económica como resultado de la destrucción de la naturaleza, separada del ser humano,

• El punto de vista personal se expone como verdad absoluta de la razón,

• La percepción de Dios es como la de un ser separado de nosotros que está jerárquicamente por encima de todos, repartiendo castigos y premios,

• Se defienden las jerarquías de la mentalidad industrial a través de las armas, las guerras y la destrucción de la naturaleza.

Pareciera que el concebirnos “separados” nos dio la oportunidad de tomar conciencia de la importancia de las relaciones interpersonales y a su vez nos puso frente a la perversidad de creernos que en realidad somos entes individuales luchando por una identidad desprovista de las correlaciones múltiples de todas las interrelaciones interpersonales y contextuales. Perdimos de vista que somos, pertenecemos y construimos el todo de manera dialéctica, dinámica y continua. Demostramos la incapacidad en establecer relaciones humanas nutritivas convirtiendo la capacidad de amar (como verbo cuadridimensional dinámico y auto expansivo: tiempo-espacio, atención, conducta y devoción) en una “cosa” (¿digamos?: un queso) que cuando se reparte se extingue o se disminuye y por lo tanto hay que pelear por un pedazo del amor de alguien y luego poseerlo y controlarlo.

Tal vez es importante tener siempre presente de que el amor ni es un queso ni se compra en ningún lugar, sino que es una decisión que tomamos acerca de cómo expandir esa capacidad de amar -con la cual nacemos, pues el amor es un verbo, un “hacer” lo que decidamos- a través de conductas que construyan nuestro bienestar y calidad de vida y que elijamos con quienes lo vamos a compartir.

Creo que estamos frente a un cambio de paradigma que implicará una re-educación del ser humano como parte integral del todo. Esta transformación nos obliga a revisar el concepto de pareja desde distintos puntos de vista. Podríamos pensar que hay muchas y muy variadas definiciones de “pareja” porque es un término que está cargado de significados culturales y además está compuesto de un número grande de variables. Para esta presentación elegí una que creo la más adecuada para estos objetivos.

E. Morin (1973) habla de la pareja desde la mirada antropológica, rescatando el concepto de incertidumbre humana como algo inmanente del ser humano, y creo que nos aporta una explicación interesante para entender por qué la mayoría de los seres humanos buscamos vivir dentro de una relación de pareja amoroso-erótica. Tal vez hace mucho tiempo fue importante para la reproducción de la especie pero creo que podrán coincidir conmigo que hoy en día ese ya dejó de ser un problema (somos casi siete mil millones de seres humanos en nuestro planeta) y sin embargo seguimos empeñados en contraer compromisos de vínculos afectivos en el formato que llamamos pareja.

Morin plantea que la pareja es una de las respuestas mágico-rituales-culturales que ha construido el humano, para dar respuesta a la ambigüedad, la angustia, o el conflicto que genera la brecha de incertidumbre que existe entre lo imaginario y lo real de los dos sucesos más indiscutiblemente ciertos: el sexo y la muerte (la creación de vida y la desaparición de la misma en su forma concreta). Que además, al realizarse entre dos humanos, valida y sincretiza, la doble característica contradictoria del mismo: el ser un individuo – social. Pues toda operación cerebral que se realiza hacia el intrasíquico debe ser validada por un “afuera” para que se concretice como “cierta”.

“Tener” una pareja significa “garantizar” esa validación, pues el rito-mito de la pareja tiene una cantidad suficiente de reglas de conductas, controles y restricciones como para que la confirmación se imagine (ilusione) como segura. Al construir esta nueva unidad mental: “la pareja”, el ser humano logra poner en control (relativo) la incertidumbre que existe acerca del misterio de la vida: su aparición y su desaparición.

La presencia de este misterio, lleva al ser humano a crear una doble existencia de los seres y las cosas; la de las imágenes mentales y las de la percepción de lo real; estas dos operaciones no dan un resultado idéntico, y entonces se abre la brecha de la incertidumbre y la ambigüedad, que se intentará manejar, o tener bajo control, a través del mito y de la magia del contrato matrimonial.

La incertidumbre imprime a las personas y por lo tanto también a la relación de pareja, una característica única: lucharán toda su vida para sentirse “seguros” aunque desde algún lugar de su inconsciente “saben” que el ser humano vive en (con y desde) la incertidumbre toda su vida, pues ella nace de desconocer que sucederá después de su muerte, y que cualquier explicación que decida creer (religiosa, científica o filosófica) es imposible de comprobar como cierta.

R. Manrique (1996) plantea que en la medida que el ser humano logra construir una red de creencias tales que la sensación de “seguridad” aumente en la medida que logra “alejar” la idea de mortalidad segura en el tiempo, entonces disminuye la ansiedad y la angustia que causa “la brecha existencial” (la incertidumbre) y que por lo tanto también se incremente el aburrimiento y disminuya el deseo erótico, y entonces es muy probable que aparezcan las crisis en la relación pareja. Los antídotos del aburrimiento son la ingenuidad, la curiosidad, la espontaneidad y la meta-comunicación. Si con todo ello se construye “una diferencia”, entonces el aburrimiento disminuye y la angustia y la incertidumbre aumentan. Pareciera que hay una función inversa entre aburrimiento y la angustia o ansiedad.

En general, podemos decir que se percibe al otro miembro de la pareja como en una relación nostálgica donde se espera que ella sea totalmente satisfactoria, y además con la consecuente sobrevalorización del compañero y una especie de euforia que anula la ansiedad que acompaña al proceso inicial de la pareja y casi logra borrar todo espíritu crítico o auto – crítico. La ilusión de adquirir la “seguridad que otorga el “poseer” una pareja” ha sido una motivación suficiente para que la mayoría de los individuos a través de la historia busquen a este otro ser humano al que le llamarán pareja.

Sabemos que será la aceptación de los vínculos ambivalentes (se desarrollará más adelante) lo que le permitirá madurar al individuo. Así aceptará en él mismo aspectos insatisfactorios y también en el otro. Así podremos entender que no existe algo que se pueda pensar como “la pareja”, lo que llamamos “pareja” es una relación específica entre dos personas. Estas relaciones han sido y son muy diferentes dependiendo de la época histórica, la geografía, las religiones, las culturas y siempre obedece a la necesidad de intercambio social del ser humano.

Nuevamente crecer, madurar, implica un mayor grado de consciencia del tiempo y por lo tanto del aumento de la angustia y de la ansiedad que nos produce “la brecha existencial”. Parecería que todo aquello que nos permite vivir “más vivos” y con menos conflictos con los demás implica a su vez aprender a manejar dosis de incertidumbre variable versus dosis de seguridad relativa. Y esto será una actividad diaria y dinámica en el sentido de que cada vez que nos sintamos a disgusto con algo de nuestra vida, tendremos que volver a reflexionar, a decidir acerca de ese equilibrio, usando el 100% de nuestro poder de elegir cómo queremos construir nuestra vida.