- En la seducción no se intenta modificar al otro, menos aún controlado; por el contrario, se le muestra que en ese momento es un ser único y como tal se le trata; lejos de verlo como un mero objeto ante el cual uno se exhibe y se “pavonea”.
- Es interactiva, es decir, ha de darse u intercambio. El otro ha de ser invitado a participar en esa acción. Por tanto, al seducir se le integra en una conversación, en una acción… no es dar clase, ni sentar cátedra.
- Poner límites al otro también genera atracción. Al seducir uno se derrite por el otro. Todo lo contrario, ha de sostener cierta oposición, ha de plantearse cierta distancia “crítica”. Los límites invitan a explorar, a ir más allá. Sí uno es totalmente permisivo, amable, tolerante, deja de ser deseable.
- Como conducta, ha de generar intimidad. Para que sea creíble y despertar interés hay que mostrar algo de uno mismo. Un cierto intercambio de debilidades –sin excesos- lo hace estimulante, significativo…; de lo contrario, estaríamos en una cena de negocios.
- La actitud de víctima mata la seducción. Las víctimas producen lástima e incluso enojo, pero no seducen. Si uno quiere seducir, ha de mostrase responsable y activo frente a su vida y sus circunstancias.
- Lo aburrido jamás resulta seductor. Si bien este arte está en el terreno del juego, ese juego no puede ser irrelevante. Lo que se comunica al otro ha de tener alguna importancia, alguna relevancia.
- Es una acción que se vive en la alegría. Crea y transmite placer, gozo y diversión. Una relación divertida hace a uno estar pendiente, concentrado en ella.
- El seductor ha de ser capaz de generar estados emotivos de relativa intensidad, emociones suficientemente fuertes, que den relevancia a la interacción y resulten conmovedores.
- Toda relación de seducción tiene que suponer un riesgo, una incertidumbre para más personas. Nada hay menos atractivo que un triunfo seguro, un vínculo obtenido de antemano, sin ninguna duda. Cierta incertidumbre y cierta inestabilidad hacen de la seducción un juego estimulante.
- La apariencia física es fundamental. No se trata de ser una persona guapa o fea según los criterios convencionales, no hace falta ser un actor de Hollywood; nos referimos a cómo uno se sitúa en el mundo: cuando la persona vive en forma de gustar…, lo conseguirá.
- Tiene un matiz transgresor. Al seducir se ha de poder invitar al otro a vivir cierta transgresión y rebeldía, algo, si se quiere, un tanto “vergonzoso”. La corrección política es eso, correcta, pero o seductora.
- Requiere de cierta proximidad física. El seductor roza, toca… levemente, de manera no sexual. Un suave roce con la mano, con el pelo, permite mostrar que no se teme al contacto físico, sino que, está abierto a él.
Del libro Celos de T. Díaz y R. Manrique
